|
El amor en familia

En la familia es donde se hace posible el amor. "La familia es un
centro de intimidad y apertura".
La capacidad de amar es resultado
del desarrollo afectivo del ser humano durante los primeros años de su
vida. El desarrollo afectivo es un proceso continuo y secuencial, desde
la infancia hasta la edad adulta.
La madurez afectiva es un largo proceso por el que el ser humano se
prepara para la comunicación íntima y personal con sus semejantes como
un Yo único e irrepetible; y que debe desencadenarse al primer contacto
del niño con el adulto perpetuándose a lo largo de su existencia.
A pesar de que el hombre fue creado por Dios con una capacidad innata
para amar, el crecimiento y la vivencia del amor se realiza a través de
la experiencia que el hombre va adquiriendo a lo largo de toda su vida.
En el contexto individual de cada persona, esta experiencia se ubica en
su familia.
En la familia es donde se hace posible el amor, el amor sin condiciones;
los padres que inician la familia con una promesa de amor quieren a sus
hijos porque son sus hijos, no en razón de sus cualidades. "La familia
es un centro de intimidad y apertura".
Es en el seno familiar donde cultivamos lo humano del hombre, que es el
enseñarlo a pensar, a profundizar, a reflexionar. Es en el ámbito de la
familia donde el hombre aprende el cultivo de las virtudes, el respeto
que es el guardián del amor, la honradez, la generosidad, la
responsabilidad, el amor al trabajo, la gratitud, etc. La familia nos
invita a ser creativos en el cultivo de la inteligencia, la voluntad y
el corazón, para poder contribuir y abrirnos a la sociedad preparados e
íntegros. El amor de la familia debe trasmitirse a la sociedad.
El ejemplo es el mejor método para educar; hay una frase que dice "Lo
que eres habla tan fuerte, que no oigo lo que me dices". Qué nos ganamos
con decir, o pretender demostrar, amor a nuestros hijos, lo que importa
es lo que ellos ven en la forma como tratamos a nuestro cónyuge.
Tenemos que entender claramente que no hay nada que eduque más y mejor a
los hijos que el ejemplo de amor que ven en sus padres como pareja. Para
realmente poder amar a nuestros hijos tenemos primero que amar a nuestro
cónyuge.
El otro aspecto fundamental de la influencia del amor, dentro de la
familia lo encontramos en el desarrollo de la persona, más
particularmente, de los hijos.
Cada familia, aun sin pretenderlo crea un ambiente (de amor o de despego
y egoísmo, de rigidez o de ternura, de orden o de anarquía, de trabajo o
de pereza, de ostentación o de sencillez, etc.) que influye en todos sus
miembros, pero especialmente en los niños y en los más jóvenes.
Amar es buscar el bien integral del otro. El que ama y sólo el que ama,
conoce bien a la persona amada, porque la conoce no sólo como aparece
sino como es por dentro, y más aún conoce "su posible", aquello que
puede y "debe" llegar a ser.
El que ama no sólo conoce lo que la persona amada puede llegar a ser,
sino que "le ayuda a ello", le ayuda a que desarrolle todas las
potencialidades que tiene y que muchas veces ignora, le ayuda a que sea
lo que puede llegar a ser.
La psicología afirma que el afecto estimula el aprendizaje y desarrolla
la inteligencia gracias a la sensación de seguridad y confianza que
otorga y que se desarrolla lentamente a través de la infancia, la niñez
y la adolescencia.
La persona humana que está siempre en proceso de irse haciendo, es un
ser con cierta dosis de inseguridad. El que se siente amado experimenta
dentro de sí una fuerza que incrementa su seguridad.
Sentir la confianza de las personas queridas es, no sólo de gran ayuda,
sino en muchas ocasiones "vital".
¿Cómo podemos infundir confianza en nuestros hijos?. Ayudándoles a que
descubran sus cualidades, limitaciones y defectos. Ayudándoles a que
desarrollen cualidades, animándoles y aplaudiendo sus logros por
pequeños que sean, ayudándoles a que descubran a dónde pueden llevarles
sus inclinaciones si no las dominan y sobre todo, haciéndoles sentir
nuestro cariño. Para esto necesitamos no sólo paciencia, sino también
tiempo.
Lo contrario de la confianza es descargar sobre nuestros hijos nuestro
coraje e impaciencia, echar en cara sus torpezas, fallas y malas
acciones, sin transmitirles la seguridad que tenemos de que pueden
cambiar. El decirles "eres malo" en lugar de "lo que hiciste" es una
acción mala.
Exigir es un ingrediente esencial del amor. Sólo quién en nombre del
amor sabe ser exigente consigo mismo puede exigir por amor a los demás;
porque el amor es exigente. Lo es en cada situación humana.
El amor, al que San Pablo dedicó un himno en la Carta a los Corintios,
es ciertamente exigente "amor paciente, servicial, comprensivo...".
Amar a los hijos no significa evitarles todo sufrimiento. Amar es buscar
el bien para el ser amado en última instancia y no la complacencia
momentánea. Es posible que algunas veces por amor a un hijo le generemos
una frustración momentánea que en realidad lo prepara para un bien más
grande.
El amor en la familia tiene dos cometidos fundamentales:
1. Enseñar el amor, aprender a amar. Revelar, custodiar y comunicar el
amor, y proyectarlo a la sociedad.
2. Ayudar a cada uno de sus miembros, especialmente a los hijos, a que
desarrollen todas sus potencialidades, que lleguen lo más cerca posible,
a lo que deben llegar a ser, que alcancen la vocación a la que han sido
llamados por su Creador.
El amor auténtico vivido en la familia debe alcanzar a la sociedad, la
familia debe salir de sí misma y compartir esta vivencia profunda del
amor entre ellos que es un reflejo del amor de Dios Padre.
Volver |