La Voz del Pastor


Mons. Oscar M. Brown J.
Obispo de la Diócesis de Santiago

LA ASPIRACIÓN HUMANA A LA GLORIA
Y LA PEDAGOGÍA DE JESÚS

Al iniciar el tiempo santo de cuaresma, el Miércoles de Ceniza, el ministro nos exhortó a convertirnos y a creer en el Evangelio, mientras nos signaba con las cenizas. Convertirse es tomar la decisión de vivir la realidad que la Buena Noticia de Jesucristo ha hecho posible. En efecto, Jesús, Señor y Mesías, por su pasión, muerte y resurrección, ha puesto a disposición de la humanidad el perdón de los pecados y el Espíritu de Dios, el Amor. Con una sola oblación, realizada una vez por siempre, nos ha alcanzado lo que no lograron las múltiples oblaciones de los sacerdotes levíticos.

Sacerdote, según el orden de Melquisedec, no ofrece la sangre de machos cabríos y becerros, como aquéllos, sino su propia persona. Por eso es Sacerdote y Víctima, Pontífice supremo y Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Durante su peregrinación por este mundo, proclamó la llegada del Reino de Dios e invitó a todos a convertirse y a creer en el Evangelio. Este reino, entendido como soberanía y paternidad absolutas de Dios, viene con su persona. Por eso, aceptarlo a Él significa aceptar el reino, y rechazarlo a Él implica rechazar el reino. Esta persuasión ha llevado a la Iglesia ha substituir la predicación del reino por la del misterio pascual de Cristo. La predicación primitiva de los apóstoles recuerda que este misterio hunde sus raíces en el Antiguo Testamento, como una palabra de promesa que alcanza su cumplimiento y superación en el Nuevo Testamento. Varias personas, instituciones y realidades del Antiguo Testamento son tipos o figuras que anuncian este misterio, así, por ejemplo, las alianzas y los ministerios profético, sacerdotal y real o pastoral.

La predicación de la Iglesia, realizada con la fuerza del Espíritu Santo, nos llama a la fe en Jesús como Señor y Mesías. En esta fe, somos iniciados en la vida de Dios, por los sacramentos de iniciación cristiana- el bautismo, la confirmación y la primera eucaristía.

Esta iniciación supone la renuncia a los ídolos, a Satanás y sus pompas, a todas las vanidades, en definitiva, se trata de despojarnos del hombre viejo para revestirnos del hombre nuevo, nacido del agua y del Espíritu, recreado a imagen de Cristo, el primogénito entre muchos hermanos. Por eso, a la renuncia sigue la adhesión a la fe pascual de la Iglesia, que nos integra en este pueblo de peregrinos, nuevos cristos, co- partícipes de la unción con el crisma del Espíritu que hace de nosotros sacerdotes, profetas y reyes, en Cristo, por Cristo y con Cristo.

El cristiano puede ser descrito, no sólo como una persona que en la humanidad de Jesús ha contemplado el Ser de Dios, su gloria, el amor, sino que participa de estas realidades. Puesto que la gloria de Dios es su mismo ser, el Espíritu, ésta es incapaz de perecer. Ni siquiera puede marchitarse, es, por lo tanto, inmarcesible. La gloria humana, en cambio, es perecible, fugaz y efímera. Está hecha de rivalidad, prestigio, competencia, ansia de poder, aplauso y reconocimiento. Los hombres no dejamos de aspirar a ella. Somos capaces de los mayores sacrificios para alcanzarla. Quisiéramos que nuestro renombre fuese fruto de nobles hazañas del espíritu. Pero, heridos por el pecado, somos capaces de conformarnos con la triste celebridad que nos granjean nuestras fechorías, con tal de que se hable de nosotros. Necesitamos, con urgencia, una pedagogía que nos enseñe a valorar la gloria auténtica y asumir plenamente sus exigencias, para realizarla. El Jesús del misterio pascual, es nuestro pedagogo; y su pasión salvífica, su didáctica especial.

En Cesarea de Filipo reprende a Pedro, porque no admite la posibilidad de un Mesías doliente, Siervo del Señor. En el monte Tabor enseña a Pedro, Santiago y Juan que la cruz es el camino hacia la gloria. Recordemos que los hijos de Zebedeo aspiraban al prestigio de sentarse a la diestra y a la izquierda del Mesías, en su gloria.

Cuando los discípulos discuten acerca de primeros puestos, el Señor los instruye sobre su propia vocación de servicio y la de sus discípulos. Entre ellos, el mayor debe hacerse como un niño y el primero debe ser el servidor de todos. Varias veces los instruye sobre su misterio pascual, que incluye la cruz como instrumento de glorificación. Y es que la cruz es la mayor teofanía, porque al contemplar el costado abierto de Cristo percibimos que Dios es amor, a través del testimonio de la sangre, la vida que se entrega como amor demostrado, y el agua, el Espíritu que se dona como amor comunicado. Estamos frente al amor de Dios, ágape o amor oblativo y Eros, amor posesivo y unitivo. La gloria de Dios es su esencia, su ser, su "peso" (Kabod), el amor. Para contemplar la gloria de Dios, el amor, miremos al que traspasaron en la cruz.

Con razón, a los discípulos de Emaús, tributarios de una concepción demasiado humana de la gloria, se les explica que la pasión del Mesías es precisamente el modo divino de manifestar el ser de Dios, su gloria- amor, conforme a lo anunciado por los profetas del Antiguo Testamento. (cf Lc 24:25-27).

Dios no se opone a que aspiremos a la gloria, como lo indica Ignacio de Loyola a Francisco Javier, pero nos exhorta a no conformarnos con el oropel de una gloria mezquina y caduca, cuando podemos aspirar al oro puro de una gloria que nunca acaba, que se alcanza por la cruz de Cristo, Camino, Verdad y Vida.

"Señor, Padre Santo, que nos has mandado escuchar a tu amado Hijo, aliméntanos con el gozo interior de tu palabra para que, purificados por ella, podamos contemplar tu gloria, con mirada limpia, en la perfección de tus obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo". (Colecta del II Domingo de Cuaresma).

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